miércoles, 12 de septiembre de 2018

Nuevas Sensaciones


Hubo una época de mi vida en que experimenté muy de cerca la frivolidad del “estar bien” a cambio de verse arrastrado por la rutina.  No había que preocuparse de nada que no fuera tratar de seguir la línea recta que ya tenían dibujada para ti y miles de personas más.  El no poder escapar de una vida a la cual en términos prácticos no le faltaba nada excepto emoción era como el infierno personal de los idealistas de clase media acomodada.  Yo fui uno de ellos durante ese entonces.  Y en mi búsqueda de nuevas sensaciones tuve que tomar medidas drásticas por mi propia salud, tanto física como mental.

Tenía un trabajo medianamente estable en el que ganaba tan solo un poco más que el sueldo mínimo.  En verdad, apenas me alcanzaba para arrendar una pieza, comer todos los días, y ahorrar un poco para emborracharme los fines de semana.  Más allá de eso no me daba lujos; no viajaba, no compraba libros (tan solo los leía por internet que le robaba a un vecino), ni siquiera podía tocar música porque no tenía nada ahorrado para arreglar mis gastados y casi inutilizables instrumentos musicales, y eso que durante mi adolescencia, tocar guitarra y bajo parecía ser lo único que le daba sentido a mi vida.  A la larga tuve que dejarlo por no poder costear dicha actividad.  Era eso o el alcohol, y la bebida iba ganando respaldo a medida que llegaba al fin de semana cada vez más cansado y el vino era la única cosa en el mundo que me permitía no sucumbir ante mis pensamientos y mis constantes ideas de asaltar un banco, dedicarme al narcotráfico, o simplemente llevar una vida apartada de la urbe siendo un ermitaño en algún sitio eriazo donde pudiera cosechar y tomar agua de río. 

Para que la borrachera no fuera tan terrible, y para no despertar comentarios de cualquier tipo en el edificio donde vivía, prefería ir a bares medianamente cercanos a consumir alcohol, antes que hacerlo en mi pequeño departamento.  Debido a mi introversión y al hecho de que siempre iba rotando mis destinos, nunca hice lazos de amistad con algún trabajador de bar alguno, y pocas veces veía clientes ya conocidos frecuentando uno de estos.   Así, pasaba esas noches de fin de semana en completa soledad, éramos solamente yo y el dulce vino.  A eso de las tres de la madrugada regresaba a casa caminando apenas y era el fin de mis poco emocionantes aventuras.  Este era un ciclo que parecía estar extendiéndose hacia el infinito.

Eso hasta que una vez, de entre todas las veces que la cotidianeidad parecía no haber sido rota durante las primeras horas de consumo, me di cuenta de que algo había cambiado en la ya clásica y deprimente escena de un bar con poca luz y olor a orina donde yo y con suerte cuatro personas como máximo íbamos agachando de a poco la cabeza en dirección a la mesa, sin establecer contacto visual con nadie.  Resultaba que un grupo de jóvenes de mi edad, pero mucho más joviales que yo, se encontraba ahí mismo, a unos cuantos pasos de mi asiento, hablando en voz excesivamente alta sobre tópicos que al comienzo yo no podía entender.  Tuve que hacer todo un esfuerzo para prestar atención, incluso a pesar de que la curiosidad había surgido en mi de manera natural y espontánea.   “Es la mejor manera de escapar de el dolor”, “Siempre lo hacemos en grupo”, decían mientras yo iba abriendo los ojos como platos.  Había algo en esas palabras que me llevaba a un mundo de posibilidades inexploradas o bien a viejos recuerdos de adolescencia donde las nuevas sensaciones aparecían cada día y con dinero o sin dinero uno se inundaba de “primeras veces”.   Recordé que alguna vez tuve amigos, y con ello llegaron hasta mi mente viejas promesas de eternidad y lemas toscos sobre compañerismo que brillaban por su sinceridad.  Además, no pude dejar de relacionar lo que había escuchado con el consumo de drogas, un hábito que también en el pasado se había arraigado firme en mí pero que ahora por motivos principalmente económicos tuve que dejar drásticamente y por completo.  Me incorporé en el asiento en el cual ya estaba casi echado, y sin mirar al grupo que hablaba, fui descifrando con cuidado cada palabra que iban soltando.   “Yo con la Rocío lo hacíamos primero en pareja y a ella nunca le pasó nada.  Si tenemos cuidado y nos controlamos, no tendría por qué pasar a mayores”.  Con el tiempo me fui desesperando porque todo lo que oía nunca me dejaba en claro que era exactamente lo que aquel grupo hacía o pretendía hacer.  Parecía que me había perdido del punto clave de la conversación.  Entonces, llegó un momento en que no pude más de la curiosidad, y admito también que esta sensación se vio mezclada con el alcohol ya consumido profusamente, lo suficiente como para tener el valor necesario y recurrir a preguntar.

-Oigan, yo… disculpen que los interrumpa – Me fui arrepintiendo gradualmente de lo que hacía, a la par que podía ver con terror como los rostros de aquellas personas me miraban tal si yo fuera la cosa más extraña y desagradable del mundo – La verdad es que… no estoy pasando por un buen momento…y no sé, los escuché hablar sobre escapar del dolor y hacer algo en grupo.  Agradecería que me pudieran ayudar en algo, o si acaso tienen una droga que te haga sentir muy bien, o no sé…

Dejé de hablar.  Sentí que todo era en vano y que solo estaba entusiasmado porque en mí se había dado una especie de regresión mental.  Aquel grupo representaba toda la camaradería y la exaltación de los sentidos que había caracterizado a mi adolescencia.  Al final, tal si hicieran algo en grupo, nunca invitarían a un tipo tan extraño como yo a participar, y en el caso de que solo vendieran droga, yo tendría que hacer un tremendo esfuerzo para poder comprarles.  Pasaron segundos dolorosos y eternos, por primera vez en toda la noche podía oír la melancólica música ambiental del recinto a lo lejos, perdida en algún laberinto interior del bar.  Sentí que la escena ya no podía ser más extraña cuando de pronto, un sujeto de rulos platinados y rostro increíblemente pálido que integraba el grupo, explotó en risa y dejó que esta saliera de la boca de sus acompañantes.  Quería llorar; parecía que toda esa noche estaba destinada a ser un viaje hacia el pasado, retrocediendo cada vez más.  La risa de la gente no paraba, y entonces, consciente de que todo había salido terriblemente mal (como era de esperarse), me fui retirando de a poco, a paso muy lento.  Entonces, de manera abrupta e inesperada, las risas pararon de golpe, y justo en ese instante, la voz seria del mismo tipo que había comenzado a reírse, se dirigió hacia mí.

-¿Quieres unirte?

En cualquier situación normal, lo habría pensado al menos dos veces, por lo bajo.  La situación era bastante extraña y yo era un tipo de lo más psicológicamente vulnerable, casi que a merced de un grupo de gente desconocida que me había visto en una de mis peores facetas.  Pero en ese momento, entre la efervescencia de los recuerdos y con los sentidos alterados, me vi prácticamente atraído de manera irreversible al grupo, y sin un solo dejo de inseguridad, miré directo a los ojos al sujeto que me había hablado y le pregunté con voz firme;

-¿Qué es lo que hacen?

Hasta ese momento, mi consciencia se había mantenido alerta por la curiosidad y el miedo.  Sin embargo, ya con las aguas más calmas, cuando de manera bastante increíble me vi de lleno dentro de aquel grupillo, los efectos más adormecedores del alcohol se hicieron patentes y tuve que ir a casa muy luego, además de que fui perdiendo gran parte de la memoria acerca de la conversación que iba teniendo con la gente a medida que sentía que me dormía.  Tengo la noción, aunque con total seguridad complementada y resignificada a partir de todo lo que viví después, de que me hablaron de una actividad grupal de contacto físico, más relacionada con el deporte y el teatro.  En ningún momento hablaron de algún tipo de droga.  Me dijeron que si bien en ese momento no buscaban gente directamente, planeaban hacerlo a futuro, así que me recibieron bien.  Por último, me dejaron un número de celular, y creo que yo también les di el mío.  La cosa es que fui contactado al día siguiente.

Desperté con un terrible dolor de cabeza.  Había tomado como siempre y, sin embargo, aquella vez definitivamente algo había cambiado.  Algo que también me llegó a afectar físicamente.  A pesar de mis achaques, me sentía eufórico; había recibido un mensaje del grupo de la noche anterior.  Ni siquiera me dieron el tiempo de considerar todo lo sucedido como un sueño.  Todo aquello estaba realmente pasando.  Hacía tiempo que no me sentía tan emocionado por algo, y eso que ni siquiera sabía muy bien que era lo que pretendía hacer.  El asunto es que fui citado a una reunión el próximo fin de semana, un día viernes.  El paso de los días durante esa semana se me hizo eterno, y me dio a su vez tiempo para pensar en que quizá estaba siendo víctima de una broma, o peor aún, de que me estaba metiendo en algo particularmente peligroso.  De todas maneras, no resistí la tentación de ir al encuentro con la mejor de las predisposiciones.

No es fácil de describir todo lo que empecé a hacer con ese grupo de personas.  O sea, se puede hacer de forma concisa, pero los conceptos simplemente no pueden explicar todo el abanico de emociones y experiencias que viví.  El asunto es que, aquel grupo se dedicaba, básicamente, a producirse dolor físico mutuamente.  Jugaban con instrumentos de tortura, armas de diversa índole, e incluso con sus propios cuerpos para generar y recibir sufrimiento físico.  Recuerdo haber llegado unos cinco minutos tarde a mi primera reunión, y ver luego de abrir la puerta entrecerrada de un departamento, como dos personas, un hombre y una mujer, se daban fuertes cachetadas mutuamente, las cuales iban de a poco aumentando en intensidad.  En aquel momento me sentí aterrado y algo contrariado, pero al ver que yo había entrado al lugar, unas cuantas personas del grupo fueron a recibirme y trataron de explicarme todo de manera que yo pudiera entender sin alterarme.  En verdad no recuerdo mucho de la explicación, solo se que me invadió una suerte de curiosidad morbosa; tenía ganas de quedarme a mirar.   La gente del grupo consideró aquello como un buen comienzo.  Algo de mí se quería quedar allí.

Durante toda esa primera sesión, en la cual participé tan solo en calidad de espectador, mi mente se encontraba dormida.  Simplemente no podía pensar.  Nunca en mi vida había visto tantos golpes en vivo y en directo, con mis propios ojos.  Cuando terminó todo pensé en no volver más, y me pareció de lo más sensato.  Sin embargo, la gente del grupo estaba realmente interesada en experimentar con una persona externa.  Me insistieron al terminar, y siguieron haciéndolo a la distancia a través de varios mensajes.  Se suponía que las sesiones se llevaban a cabo cada fin de semana.  Considerando que tenía la opción de unirme a todo aquello, cuando llegó nuevamente un viernes consideré que mi clásica actividad de recorrer bares era de lo más poco estimulante.  Mientras me hundía en el vino consideré la opción de volver al “departamento del dolor” la semana siguiente, tan solo para mirar.

Y así fue como en efecto volví al lugar, y me sorprendí a mí mismo gozando de buena gana con lo que estaba mirando.  Para las personas del grupo, todo aquello no era más que una terapia de liberación.  Me decían que la adrenalina se sentía al rojo vivo y que se podía llegar a botar la tensión acumulada de toda una vida en tan solo una sesión.  Ya para la tercera vez que me quedaba a mirar les iba creyendo de a poco.  Veía como en vez de lanzar angustiosos gritos, ellos y ellas se reían, cantaban, y cuando gritaban lo hacían de manera jovial.  Parecían estar disfrutando.  Pocas veces la escena se volvía realmente desagradable; tan solo cuando los látigos aparecían, podía brotar sangre y en general pocos miembros del grupo gustaban de esta práctica.  A veces relacionaba todos estos rituales con ciertos fetiches sexuales de dominación y sumisión.  Sin embargo, esto no tenía nada que ver con aquello; en realidad el asunto nunca llegaba siquiera a acercarse a lo sexual, en cuanto a genitalidad y erotismo se refiere.  Es cierto que la mística, y sobre todo, la práctica misma de las actividades generaba placer, pero esta sensación no tenía que ver con la excitación sexual propiamente tal, tan cerrada, íntima, y exclusivamente dedicada al coito como la conocemos en occidente.  En cierto modo iba mucho más allá de eso. 

Cada vez que iba al departamento sentía que no podía pensar con claridad.  A veces interpretaba esto, de manera muy alarmista, como que me estaban lavando el cerebro.  Lo cierto es que al fin y al cabo, nadie me obligaba a ir a las sesiones, y tenía toda una semana de sobriedad para pensar muy bien en lo que haría después, así que no podía llegar y quitarme mis propias responsabilidades.  Realmente yo quería estar ahí.  Y a medida que me iba dando cuenta de que esto era cierto, crecían en mí las ganas de participar.  Era obvio, veía que todos y todas la pasaban bien, y que no había un mayor peligro en el asunto.  ¿Era esto acaso una fachada o simplemente la novedad situacional había embotado mis sentidos?  Yo recuerdo perfectamente haber visto un ambiente agradable, cálido, amigable.  Las sesiones eran casi terapéuticas.   Ya para cuando di mi primera cachetada, muy despacio, con miedo de quien sabe qué, fue que las cosas cambiaron y yo lo percibí de inmediato.

Al comienzo creí que era solo yo, seguramente porque no estaba acostumbrado.  Que chillaba de dolor, y las “nuevas sensaciones” me parecían insoportables e inconmensurablemente desagradables.  Sin embargo, luego me fui dando cuenta que muchas más personas que las que yo hubiera creído lloraban y sufrían conmigo, personas a las que antaño veía reírse ante fuertes castigos.   No se exactamente que clase de fuerza sobrenatural me mantuvo firme durante toda la primera sesión en la cual participé de forma activa.  Sufrí tanto que debí haberme ido de inmediato.  Pero simplemente no podía retirarme, y las regresiones volvían a mí.  Había retrocedido muchos años, había vuelto a ser niño.  Estaba muerto de miedo, era yo el pacato y tímido de siempre que prefería sufrir a alterar el orden establecido, por miedo a quien sabe qué.  Algo en mi interior me decía que todo eso estaba bien, que no me fuera, que realmente me iba a liberar del verdadero dolor, que toda la tensión de la semana se iba a ir. 

Volví a casa con un tec cerrado.  Nunca me sentí tan estúpido en mi vida.  Sin embargo, había algo que no terminaba de cuadrarme en todo aquello, y era que durante la sesión, el grupo no se había descargado conmigo, todos y todas habíamos sufrido por igual, pero se había sufrido como nunca.  ¿Por qué todo había cambiado justamente ese día?  La situación era aterradora precisamente por no tener ningún sentido.   Al menos creía saber que no volvería a aparecerme por allá, y que no volvería a ver nunca más a esa gente.  También saqué una licencia médica y no fui al trabajo por unos cuantos días.  Fue una época de reflexión necesaria.  Supuse que la búsqueda de nuevas sensaciones me había llevado a transgredir ciertos límites.  Aunque esto había pasado principalmente por mi enfermiza curiosidad, que no habría sido tan alta de no ser yo un enajenado que vive para trabajar.  Tenía que culparme a mí mismo no por ser como soy, sino que por no estar totalmente abierto a las nuevas experiencias que se pueden vivir cotidianamente, y que yo dejaba pasar por mi estricta y agotadora rutina.   Postrado en la cama, aún con dolores y con más vino que nunca, los engranajes de mi vida y las constantes vueltas de esta se me hicieron más comprensibles.  Sin embargo, mis aventuras con el dolor no habían terminado aún, y me quedaba al menos una lección más por aprender.

Había llegado el viernes y ni un peligroso ápice de ganas de volver al departamento se me había aparecido en la mente.  Estaba disfrutando de una extraña y nunca antes sentida paz interior.  Recuerdo que estaba leyendo un libro sobre filosofía japonesa, del cual admito con vergüenza no haber retenido mucho, cuando de pronto sentí que tocaban a la puerta de mi departamento, y entonces sin pensarlo me paré con mucho esfuerzo, un tanto esperanzado de recibir buenas noticias.  No tenía idea de lo que me esperaba en verdad.

Era el grupo del dolor.  No sabía cómo me habían localizado, pero en ese momento tan solo atiné a cerrar la puerta y encerrarme.  Sin embargo, ellos y ellas me superaban obviamente en número, y pudieron con todas las trabas y resistencias que yo presenté a su llegada.  No me permitieron cerrar la puerta (actuaron con mucha rapidez), y me sujetaron entre varios para que yo no pudiera escapar.  Más que nunca era cierto que gente con tiempo y dinero de sobra tenían disposición para experimentar con lo que sea.  Y entonces, la verdadera última sesión de dolor en la cual participé, fue quizá la única que me liberó por completo.  Me sentí más vulnerable que nunca, y fue eso en parte lo que me ayudó a llegar a una real apreciación de mi autonomía, y tal vez a un nuevo grado de autoestima con el cual ni siquiera podía llegar a soñar en el pasado.  Esa cercanía tan palpable con la muerte, me erotizó y ensanchó mi alma con tintes de inmortalidad.  Recuerdo que me ataron, y que principalmente me flagelaron con una larga fusta, aunque la peor de las sensaciones fue ser quemado en el abdomen con cigarrillos.  Luego de unos minutos comencé a perder de a poco el conocimiento, y llegó el asunto a tal grado, que en un momento ya no podía sentir mi cuerpo.  Veía a mi alrededor de manera borrosa, y los movimientos de mis torturadores se me hacían particularmente lentos, pero más allá de eso, no sentía nada.  Mi experiencia se había limitado solamente a lo visual.  Aquello me dio el tiempo necesario para reflexionar sobre lo que estaba pasando.  Se me hacía claro que ese grupo de personas había perdido el control, justamente porque una nueva variable se había entrometido en aquellas áreas que creían controlar.   Parece que constantemente libramos batallas por dominar aspectos de la realidad que nos atañen por alguna razón.   Era cierto en todo caso, que yo también había perdido el control sobre mi propia vida; no era capaz de decidir, de pensar con claridad, de negar o de escapar.  Aquel grupo, por otro lado, no era capaz de aceptarme como un enajenado que tiene miedo de experimentar nuevas sensaciones.

Creo que aquellas personas se arrepintieron en un momento dado del ritual, y me dejaron acostado en mi cama, pretendiendo que no había pasado nada.  Supuse que se habían visto en una situación incómoda, que alguien del sector había tocado la puerta preguntando por los ruidos, o que se yo.  El asunto es que luego de pasar varios minutos en ese extraño y singular estado de alerta únicamente visual, en el cual ya no podía sentir dolor, ni nada entraba de hecho en mis receptores sensoriales, me desmayé y desperté horas después solo, acostado en mi cama.  Las marcas de cigarrillo en mi cuerpo me quitaron la posibilidad de creer que todo aquella pudiera haber sido un sueño.   Me fui de la ciudad.   Renuncié a mi trabajo y vendí gran parte de mis enseres personales.  Entre el finiquito y entre el dinero de las ventas pagué un pasaje de ida y una pieza momentánea en una localidad rural de lleno en el rincón mas austral del país.  Nunca se me ha siquiera pasado por la cabeza que eso fue una mala idea.  Actualmente estoy trabajando en un café, y los gélidos parajes naturales me quedan tan cerca que puedo darme gustos muy seguidos en cuanto a contemplación casual se refiere.  Siempre había soñado con estar en un lugar como este, solo para poder sanarme. 

En retrospectiva veo mis experiencias con la “terapia del dolor” como una forma bastante violenta de haber visto mis carencias y deseos más íntimos.  Los golpes, las humillaciones y la sumisión, eran constantes en mi niñez, y el haber vuelto a ellas en mi vida adulta, nuevamente sin posibilidad de escapar, me hizo darme cuenta de que nunca había tenido la suficiente voluntad como para tomar en efecto el control de mi vida.  No realizaba decisiones conscientes, dejaba que todo mi constriñera.   La fascinación utópica de tener controladas las sensaciones displacenteras, tal como parecía hacerlo aquel grupo de personas que conocí, me causaba un morbo infinito que no podía controlar.  Ese tomar por el cuello y dominar todo lo que me había causado tanto miedo durante los primeros años de mi vida, me hacía sentir inmortal, y si bien nunca pasó efectivamente (en mi única sesión voluntaria como participante el dolor seguía escapando de mis parámetros), lo cierto es que la idea me sigue pareciendo atractiva hasta el día de hoy.  Pero la pasividad de la vida alejada de la urbe cosmopolita en la cual me crie, esa sensación real de vida minimalista, me hace olvidar esa obsesión de tener todo controlado.  Como no hay una gran cantidad de variables que puedan afectarme, disfruto de una inédita paz mental. 

Desde aquí, lejos de todo lo que alguna vez fue mi vida, empezaré con total seguridad a luchar, precisamente por toda persona que viva con miedo implantado a través del constante bombardeo informativo y de las imposiciones sociales, que son a su vez, base programática de la existencia moderna.  Este descanso necesario es también para expiar las culpas, pues puede que yo esté también un tanto resentido con aquellas personas que me hicieron daño, tanto con las que son mencionadas en este relato como con las que vinieron antes.  El asunto es que para volver y actuar, necesitaré la claridad necesaria como para ver la matriz social desde arriba, como para entender, para quizá recuperar la fe en la esperanza, pues tan solo el amor me podrá hacer regresar.

Photo: "Hollow Pain" by The Wandering Angel
https://www.flickr.com/photos/wandering_angel/15786694877/
Creative Commons.  



viernes, 7 de septiembre de 2018

Entrevista a un Ser Traumatizado


Para toda esa gente que cree estudiar la mente;
"Entrevista a un Ser Traumatizado".
Quien vive en un lugar lleno de polvo,
negando aquella sangre entre sus manos.
Lavárselas no puede y la ha dejado de recuerdo.
Las paredes de su casa; tintes rojos, fondo negro.
Me recibe con angustia y me saluda con esmero;
-"No podrá salir de aquí, lo siento mucho por usted".
Me da cierto escalofrío, hay tantas cosas que quisiera saber
y tan poco tiempo de por medio.

Siento el aura de la casa; sus presencias, sus prejuicios,
su aire opresivo y toda su historia
acumulada en ácaros de polvo, todos con información en su núcleo
y trayectoria silenciosa.
Siento que el cuerpo del anfitrión va cambiando de forma,
y ya más que perturbado me siento ansioso.
Miro su rostro demacrado y es como un espejo de vidrio,
con solo dos segundos tengo lo que necesito.
¿Que más podría preguntar que fuera útil?
-"¿Que te gusta hacer?"
Mira en mi interior y me descubre,
se da cuenta de que está acorralado,
no le queda otra opción que confesar su mundo.

-"La verdad es que vivo bien,
me gustan los muebles con polvo.
Si los limpiara perderían historias,
se transformarían en objetos neutros,
sería esta una casa como cualquier otra.
Por eso mismo no me baño tan seguido,
porque he aprendido de verdad y no en un libro.
Correas que antes me ataban ahora son mi ropa,
he hecho de todos mis traumas y miedos mi propio imperio personal."

Cual rey ante su corona,
me hace los honores al partir con premura hacia un ritual que desconozco.
Se trata de la silla y del espejo
para hablar con claridad.
Siempre es requerido un poco de inflexión
para no caer en una visita lineal.
Se toma su tiempo para volver a hablarme,
y cuando lo hace ya no es el mismo de antes,
ya no me habla con tanta seguridad.
-"Alguien que está ahí afuera siempre quiere entrar.
Por entre las rejas de la casa se asoma su presencia irreal.
Me quiere quitar el trono y mis muebles llenos de polvo."

Siento que ya no pertenezco,
que me estoy hundiendo en algo.
Logro entender quizá a la mala,
que no hay nadie a quien hablar.

"Diálogo interno de un Ser Traumatizado"  

Ilustración: https://www.flickr.com/photos/camillaen/6325164180/
"Isolation" by Camilla
Creative Commons.


lunes, 27 de agosto de 2018

Para un par de días más

Para cuando muera, quiero que me hagan un alma feliz.  Pueden sacar provecho económico de ello si quieren, y no dudo de que alguien lo quiera.  Pueden venderme a cualquier causa o acreditarme cualquier frase, pero por favor nunca dejen de atormentarlos. 
Que por culpa de ellos terminé así. 
Como personas que de seguro tienen más voluntad que yo; no dejen que ganen.
Asuman las pérdidas.
Mueran luchando.

Cambios

Personas nacieron con talento.  Dentro de una amplia gama de posibilidades nacieron con cierta semilla distintiva, o al menos curiosa, que los hizo ser centro de atención.
Tuvieron suerte.
Yo quisiera ser una de esas personas.
El infierno está en las mentes de aquellos quienes realmente quieren cambiar.
Yo soy uno de ellos.  

viernes, 24 de agosto de 2018

Caja de Fósforos





¿Pa que chucha vai’ a traer tus crías a este mundo?
¿No te basta con sufrir en soledad? 
Este terreno baldío que llamamos realidad
ya no necesita más carga neutra para su basural.


¿Te cuento lo que pasa?
Una bala loca me puede partir en dos.
Ya no soy ni carne y sangre,
búsquenme en mi caja de fósforos.
Un mal movimiento me quebrará,
una pasada por la lija me encenderá la cabeza.
Tan enajenado como cualquier persona,
tan frágil y delgado como cualquier mortal.
Una bala loca que silva a mi lado
me va a reventar el tímpano.
Un auto en la calle me va a quebrar las piernas.
Tras un solo paso en falso me podrían internar.


A nadie le importa lo que te pase,
toda tu familia va a morir un día de estos.
Mas mientras te sientas frágil,
yo seré tu familia que vivirá para siempre.
Estas palabras, sus transferencias y su ímpetu,
serán las grandes características que trascenderán
a nuestro débil cuerpo físico.
Encuéntrame aquí esquivando balas,
tócame la puerta un par de veces.
Entra, hazme salir de la caja de fósforos.

Photo by Markus Grossalber; "Match"
https://www.flickr.com/photos/tschiae/8395137978/in/photostream/
Creative Commons.  

martes, 21 de agosto de 2018

...Y Entonces es Lunes Otra Vez...


Me despierto.  Fueron solo dos segundos.  Dos segundos a dos miliamperios.  Solo esa intensidad, durante ese tiempo justo, fue necesaria para abrir mis ojos.   Todos los días es lo mismo a calco; la pequeña descarga eléctrica ya no me toma de sorpresa, y ahora hasta la siento con relajo.  A menudo me llega a hacer cosquillas, y es un momento preciado cuando me doy cuenta de que es una de las pocas instancias diarias en que cambio de expresión facial.

Dejo el asunto de la alarma y el despertador para irme a la cocina.  Son diez minutos exactos de merienda.  Apenas tomo el pan, las pantallas se encienden al unísono; “El Clima.  Repeticiones de la noche anterior.   Comerciales.   Disparan a alguien en la calle.   Comerciales.   Disparan a dos personas en la calle.   Adelantos de la noche que se acerca.  Comerciales.   Disparan, pero de otra forma; algún personaje famoso se suicidó en su mansión”.   El diario contiene lo mismo, pero con comentarios intelectualistas de dudosa procedencia.  Para mi suerte, la entrada ya está lista.  Al cruzar por el umbral circular de vidrio, la luz me llega de todos lados y embota cada uno de mis sentidos durante un parpadear.   El aparato me ha transportado hacia la estación común.  Me aguardan cuarenta minutos de lenta espera, donde no puedo ni pensar ni moverme.  Mi sola presencia llega a invadir el espacio personal de al menos cuatro personas a mi alrededor, y a su vez cada una de ellas invade el espacio de algún otro, conformándose un opresivo e incómodo efecto dominó, con piezas de cardumen humano.  La corriente del pensamiento igualmente se me atrofia pues vuelvo a escuchar fonemas digitales, voces que vienen de una pantalla; “Otra tragedia griega en una mansión.  Se robaron el auto y asaltaron a la familia.  Comerciales.  Nueva versión de esa canción que habla sobre amor, ahora en un nuevo formato de minuto y medio.  Mas comerciales.  La próxima gran entrada con destino a… estará lista en unos diez minutos”.   Pocas personas caben en una de esas.  Al final tenemos que esperar el triple como mínimo, mientras todo nuestro cuerpo lo sufre; desde las piernas hasta los oídos, casi que sangrando por el bullicio del ganado reunido y de los altavoces que anuncian ofertas. 

Recién logro pasar hacia una entrada transportadora la cuarta vez que una de estas se hace presente en la estación, al menos durante el tiempo que pasé allí desde que salí de mi departamento.  Son las diez de la mañana en punto; y la nueva parada es este laberinto de cuadrados unipersonales, estos patéticos intentos de oficina, en los cuales me siento y permanezco en la misma posición hora tras hora sin cesar, horas que a medida que pasan se vuelven más eternas.  El flujo de la información se acorta y me siento tan poco estimulado que hasta podría pensar.  Pero no; el calor que se abre paso por entre las fisuras de las puertas de la habitación laberíntica, donde el clima es sofocante pero no tanto como lo que se puede llegar a sentir en las calles, calles que por esta razón se encuentran abarrotadas de autos y completamente despojadas de personas o animales no microscópicos, no me deja pensar.  Por estos efectos climáticos la calma no existe, y mis pensamientos no pueden organizarse; que las calles, que el sol, que la guerra, que la paz, que el calor, que el lunes.  Me sorprendo a mi mismo pensando en el fin de semana.

¿Saben que pasa durante el fin de semana? Tomo más entradas transportadoras que en un día normal, y con ello llego mucho más cansado que lo habitual a la casa de algún amigo.  Le hago algún comentario gracioso.  En verdad no soy muy bueno con los chistes.  Él a su vez me habla de algún libro, y yo le respondo tarareándole el coro de la-nueva-versión-de-esa-canción-que-habla-sobre-amor-ahora-en-un-nuevo-formato-de-minuto-y-medio.  Él y yo tuvimos la suerte de compartir varios espacios en nuestra infancia antes de que el mundo llegara a cambiar de forma tan abrupta.   Ahora él tiene tiempo de leer libros, mientras yo ni siquiera me puedo tomar el tiempo necesario para pensar.
Al despedirme de él me sumerjo en una nueva unidad transportadora.  Y entonces es lunes otra vez…

Texto por Sergio Leyton Soto
Imagen por Andy Maguire
Creative Commons 

sábado, 21 de julio de 2018

Parricidio

"Larga vida al rey en su cumpleaños"; dijimos y luego nos fuimos de la casa, sucios, borrachos y cargando cualquier mamarracho que luego se pudiera vender para tener algo de comida.  Nos fuimos a vivir bajo un puente.  Puente que se alzaba en un extenso parque cercano, que en sus días de gloria estuvo lleno de vagabundos, pero que de un día para otro comenzó a apestar a sanidad y a hierbas finas.  Nosotros volvimos a bañar de oro los pequeños ríos de ese lugar, e hicimos fogatas nocturnas improvisando una guitarra con restos de madera y alambres de dudosa procedencia.  Fueron los días más felices que podrían haber florecido luego del cumpleaños del rey.  Las fiestas reales siempre eran engorrosas, y a duras penas las podía soportar año tras año.
La primera vez que me enteré que el rey sería una presencia de constante tensión entre yo y mi mundo interior, no la recuerdo bien.  Lo que sí puedo precisar es que llegó un momento en que podía ver su doble cara; como sonreía luego de matar gente y colonizar poblados.  Como discutía con la reina siempre obviando el detalle de que él mismo había sido el responsable de arruinar su vida.  Incluso como siempre apelaba a Dios para no responsabilizarse de sus propios actos.  La única manera de escapar del rey era matándolo, y la única forma de zafarse de la condena de parricidio, por considerarse el rey padre por derecho de todo lo que existe, era huyendo tan pronto como quedara consumado el hecho. 
Lo único que hice fue mostrarle que no tenía ya necesidad de ser esclavo, que prefería ser campesino o un simple paje siempre y cuando pudiera hacer fogatas o improvisar guitarras bajo un puente.  Mi inventiva y mi particular y hasta a veces irreal optimismo me acompañaría a todas partes y eso era lo único que necesitaba para sobrevivir.  El rey no pudo hacer nada; era de hecho el último bastión que quedaba en pie de un sistema ya caduco.  Nadie más podía estar de acuerdo con lo que decía, incluso aunque fueran a sus fiestas como simple acto de presencia sin compromiso.
Así que el rey murió de pena.
Larga vida al rey en su último cumpleaños.